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Según el antropólogo Claude Levi-Strauss, la importancia de la virginidad nació
con las comunidades primitivas, cuando los grupos comenzaron a intercambiar
bienes para sobrevivir. La aparición del concepto del incesto determinó que las
mujeres pasaran a ser uno de esos productos de trueque, dado que los hombres no
debían procrear con sus madres y hermanas. En este contexto, como explica la
historiadora Anna Carla Ericastilla, la virginidad se convirtió en una forma de
demostrar que “el producto” se encontraba en buenas condiciones.
A medida que las sociedades se hicieron más complejas, la pureza de la mujer se
convirtió en garantía de que la riqueza del patriarca sólo se iba a dividir
entre sus descendientes legítimos. En palabras de la profesora de Historia de la
Universidad del Valle, Beatriz Palomo, se produjo “una expropiación de la
sexualidad de las mujeres para asegurar la herencia genética y monetaria del
cabeza de familia”. En este caso, el requisito de la virginidad era una
condición que se ponía al servicio del poder político y económico, es decir, en
manos de las clases altas.
Con la llegada del cristianismo, el termómetro de la virginidad subió de
temperatura. Los textos bíblicos determinaron que el ideal de mujer sería María:
símbolo de pureza y maternidad. Frente a ella se encontraba el otro modelo: Eva,
un icono de tentación y pecado: la mujer sexualmente desinhibida que condujo al
hombre a la expulsión del paraíso.
En opinión de la socióloga Ana Silvia Monzón, este dualismo constituía una
estructura de dominación masculina. La definición de la mujer se entendía en
cuanto a su función como “cuerpos objeto para el placer erótico (las
prostitutas) y cuerpos para la reproducción (las madres). Ambos son controlados
por los hombres, unos para su satisfacción sexual y otros para preservar su
nombre”.
En todo caso, el modelo deseable estaba claro. La buena sexualidad femenina
quedaba restringida al ámbito del matrimonio. De modo que, ser doncella pasó a
ser una cualidad necesaria para lograr un buen casamiento también en los
estratos humildes.
El valor de un himen intacto era tal que por ejemplo en la Guatemala colonial
“existían demandas de reclamación por uso de la virginidad, que eran una carta
en la que la mujer pedía una indemnización al hombre que hubiera incumplido su
promesa de matrimonio después de que ellas se hubieran entregado”, refiere
Ericastilla.
Por otra parte, como expone Beatriz Palomo, el tabú de la virginidad llevó a la
Europa de la revolución industrial al extremo de aprobar leyes que permitían el
encarcelamiento de las mujeres trabajadoras que quedaran embarazadas.
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